La homofobia consiste en el miedo, rechazo e incluso desprecio hacia los hombres gais (aunque no se debe olvidar que también se da hacia personas lesbianas (lesbofobia), personas bisexuales (bifobia) y personas transgénero (transfobia). La homofobia se expresa de dos maneras: por un lado tenemos la homofobia social, que responde a la serie de discursos ideológicos que consideran como patológica, anormal, ilegítima e incluso inmoral a la homosexualidad. Entre estos encontramos el discurso religioso, ciertos discursos psicológicos, el discurso médico-biologista y el discurso jurídico, entre muchos otros. Y por otro, la homofobia internalizada, que consiste en la interiorización que hace la persona homosexual de estos discursos a través de la interacción con otras personas en espacios como el hogar, la escuela y la iglesia, o a través de los medios de comunicación. Cuando esto sucede, la persona dirige los sentimientos de desprecio, rechazo e incluso odio –propios de la homofobia- hacia sí misma, dañando fuertemente su autoestima (lo que siente hacia sí misma) y su autoconcepto (lo que piensa de sí misma). En este punto, una serie de mitos condicionados socialmente sobre la homosexualidad se convierten en una especie de profecías autocumplidoras para estas personas: “nunca voy a tener una familia”, “siempre seré el “raro” del trabajo, el barrio y la familia”, “de qué vale la pena vivir, si de todas formas me voy a condenar”, me voy a morir solo y abandonado” o “me voy a morir de SIDA”. Esta última profecía autocumplidora, en el plano de la tendencia a infligirse castigo que las personas homosexuales suelen experimentar dada su condición de “anormalidad” y/o “inmoralidad”, se ha asociado a las prácticas sexuales de riesgo de infección con el VIH/-SIDA y/o otras infecciones de transmisión sexual (ITS). |